lunes, 16 de marzo de 2009

Puro cuento.

“…Así seguimos andando/ curtidos de soledad/ con nosotros nuestros muertos/ pa’ que nadie quede atrás…” A.Yupanqui.

Contando historias, me acorde de Marianache, algunos lo habrán conocido o lo han sentido nombrar.
Macho, cuentero de los pagos de Azul, viejo calavera y chillador, de cara redonda como lustrada.
Eran dos hermanos, Macho y Pierna, tipos solitarios, amigos del vino y de la noche. De Pierna conocía sus mentas de tomador dicharachero, algunos de sus dichos engrosaban el refranero popular de la zona. “Cuando tengo no me fijo” dijo y le dio la bolsa de cincuenta kilos al pigmeo. ¿Cómo habrá quedado ese bicho, no? Era barrendero más conocido que la malaria, Macho era chofer de camiones de cemento y de cal, menos popular pero no menos galopiador. A la sombra del hermano escribía sus correrías. Cuando lo conocí ya venía bajando la cuesta, como quién dice, el doctor ya le había prohibido todo lo que le podía prohibir, pero él igual siempre que podía se hacía una excepción.
Con churrascos y vino nos recibió en su querencia, nos habíamos llegado con el Patita, cristiano patón y con los mocos hasta la pera, siempre colgando, que a pesar de la diferencia de edad habían andado juntos en el camión y se querían como carne y uña.
Cada trago era motivo para una historia, de la noche, de la pesca, del milico que lo salía a buscar los fines de semana para arriarlo por cinco pesos que le daban por cada detenido, porque sabía que lo encontraba en curda. Una de esas noches que lo llevaba lo convenció de ir a tomar un trago a su casa. Cuando llegaron prendió la garrafa, puso dos bifes a la plancha, le convido de su vino y se salvó del sepo ese fin de semana. Pero unas semanas mas tarde el amigo lo volvió a encerrar. Macho iba tranquilo como borrego al corral hasta que llegó al calabozo frente al superior dijo: Como es la justicia que si hay comida y vino, vos no me llevas preso, che! El otro perdió el extra y lo acompaño esa noche a la sombra.
Contaba él mismo que los lunes a la mañana cuando el comisario llegaba decía buen día, suelten a Macho. Una mañana entre las cosas que no le querían devolver los milicos había una botella de caña, después de reclamar un buen rato se la devolvieron, entonces se sentó ahicito en la esquina a terminarla hasta que lo volvieron a entrar para que duerma la siesta.
Ustedes dirán que de tanto ir a la comisaría se hizo amigo de la milicia, pero no.
Una vuelta venía en bicicleta y se le cayó la gorra. Cuando paró a juntarla, justo un milico que venia atrás la había juntado y se la alcanzaba. Pero Macho porfiado, orgulloso le dice: No señor, no es mía. –Pero si se le cayó a usted le dice el milico bien intencionado y no hubo caso, siguió en la bicicleta y se dejó la gorra.
Cuando contaba, me acuerdo, daba nombres y apellidos y como el pueblo era mas chico te decía Fulano que vive, en tal y tal, hijo de este y aquella, frente al almacén que se llamaba tanto, donde yo me compraba los Brazil, que era los puchos que él fumaba. Para mi que ya me gustaban los cuentos escucharlo era estar viendo lo que contaba. Y como el gran pez no se achicaba para mentir, le abría a lo grande, cuando le pregunté si se había casado me dijo que si, que sospechaba que la mujer se había ido con el carnicero porque la ultima vez que salio dijo que iba a buscar carne, que al final no volvió y que todavía la esperaba. Mentiras, puro cuento que remataba con risas y pasaba a explicar, que toda la guita que reventaba en la noche se la ganaba laburando, que en esa época había trabajo.
Yo siempre pude pagarme los vicios, nunca pedí fiao, ni le quedé debiendo a naides, mientras decía esto se iba poniendo mas serio, me ha gustao, el vino, las mujeres, la noche y si ahora me encuentro que estoy viejo y solo, no me arrepiento. Lo que tuve que vivir, viví, decía con resignación, ya no era un cuento el hombre sabía que le quedaba poca cuerda. Se me hizo la imagen que ahí no nos hablaba a nosotros, como si estuviera haciendo cuentas con el barba, con mandinga o quien sabe con quien…
Para mi ya esperaba la parca con semblante tranquilo y voz seria como esperaría esas noches de curda al milico que venia arriarlo al calabozo, cuando ya la bebida como la noche parecían que no le ofrecían nada mas.
Unos meses después me entere que estuvo internado en el hospital y que de ahí se nos fue para el silencio como dicen en el campo.
¿Quien sabe cuales de todos esos entreveros eran cuentos y en cuales habría estado metido de veras? ¿Cual de todas esas historias que contaba se quedo para él? ¿El pierna habrá sido así de charlatán? Lo imagino un gaucho mas callado pero quien sabe...
Alguien se acordara de ellos entre góndolas de supermercados y los ruidos del cable, entre cervezas después de un partido de fútbol, en un asado sabroso o en cualquier ocasión de encuentro. Gauchos cultivadores de la conversación y el cuento, que no siempre tenían que ver con la realidad pero si con la vida.
Con este recuerdo corto me voy despidiendo de ese amigo que me recibió en su casa, me convido de su vino y sus historias.
Dicen que no son tristes las despedidas, decile a quien te lo dijo que se despida.

Armando Tosco.

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