martes, 28 de julio de 2009

Ayer nomas..



La morocha que atiende la fiambrería del chino de Rivadavia, muestra los dientes relucientes, filosos como cuchillas mientras los hombres que esperan tras el vidrio de la heladera ser cortados en finas fetas por esos ojos negros, traicioneros (que la traición es peldaño de poder), se impacientan, transpiran las manos donde aboyan y apelmazan el papelito verde con el número negro del rollo de turnos.
Ella escribe números con una birome azul donde me envolvió, salame y queso, mientras le imagino el pucho en la oreja, sobre ese pelo renegrido y tirante que se recoge atrás, en rodete, por la higiene de todos los consumidores ávidos.




Tal vez fueron las cenizas mal apagadas de un pucho en la cama del no-ve-no-ce, tal vez los nenes del segundo asesinando hormigas a encendedor y raid. Tal vez las chispas de un cable pelado. ¿Pero que importa que fue primero? Las llamas transformaron los cuerpos en plástico y en caramelo antes de devorarlos. Ese infierno es terrible, es la cara de Benitez echando fuego por la boca, mutando tigre, siendo fuego para volver al polvo.



el 60 desgarra el aire.¿Chirrido de velocidad o dolor de viejas chapas? Atrás el humo, todo el humo y los autos algo más silenciosos van dibujando en mí, el video de los Chemical Brothers pero no es música. Ese ruido variable y permanente es velocidad, es locura, es otra cosa pero no es música. Miro algunas caras, miro sin contar el número, antes de dejar de ver. Antes de mirarme, de revisarme sentado, mirando afuera, con este desorden dentro.

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