domingo, 13 de septiembre de 2009

Porque el pasado te vuelve a pasar, siempre el pasado

La importancia de los relatos, cualquier cuento soy todo orejas.
Miedo al tiro que entro por el ojo y le produjo la muerte luego de agonizar varios días en el hospital. Tenía dieciocho años.
Cara de muñeco cuando otro tipo me dice que ya no va a la escuela que viene le maestra a la casa, porque el hijo tiene leucemia, que se la detectaron el día del cumpleaños y el nene dice: por lo menos estaba festejando y me hicieron muchos regalos, todavía los tengo. Cuentan, se ríen, se pegan, juegan… Al salir, en un vaso plástico me convidaron, si no te ofendes, una gelatina rojiza que el nene no comía porque no le gustaba.

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Desde el norte, con su celular nuevo me dijo: Te escucho como una vieja me dijo, pero ni atine a cambiar el tono, pensé vagamente en los satélites que deforman el audio en el auricular y seguí arrastrándome en un relato impreciso que hablaba del clima, de la humedad, del calor imposible de esos dias de chicle.

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Hacia una calor del mismo infierno y no había lugar de la casa donde estar, tampoco con el sol quemando a pleno pensaba en salir, entonces me abandone al sopor y al sudor tirado en la cama, con el aire leve que tiraba el ventilador. No se si me dormí una hora o diez minutos, ni los sueños se completan en ese calor y los pensamientos no hilvanaban una idea, era un cuerpo pegajoso que esperaba refrescarse. Entre en la ducha y el agua fría aplacó por unos minutos ese imposible estar y algo mas fresco me senté en el patio, donde no corría una gota de aire. Empezó a tronar y paso con el cuerpo contra el suelo asustada la gata y me asomé al poco cielo que a mi patio corresponde para ver el nubarrón que traía la buena del verano. Empezó tímida la lluvia pero cuando se largo pareja y las gotas burbujeaban en el suelo desee que lloviese toda la tarde para justificar el no hacer nada y al fin se refresque la casa que hace días parece tener fiebre en las paredes, que transpiran y hacen del aire un caldo espeso, pesado, irrespirable. Antes de la media hora, había salido el sol pero como todavía llovía, que se casé la vieja pero que siga el agua, temí. Poco a poco fue parando y vi como ya estaban secas las baldosas. La temperatura apenas si había bajado y el sol se mostraba radiante cuando me volvio como una recaida, la tristeza, que con el calor transpire.

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Corte en modo lamentable, como si todo lo que pasa no me arrancara terribles penas de lo que no fue, de lo que no es.
Pero ese aparato negro que es el teléfono, es una tecnología que no he terminado de incorporar, es de largo y de familia, cuando mi viejo se resistía al progreso, porque decía que las mujeres se iban a pasar el día en informes de lo visto y vivido, de lo soñado y lo escuchado por ahí y que se le iba a ir el sueldo en la factura. Supongo que de adherir a su idea, desarrolle los anticuerpos que por mucho tiempo tuve al teléfono, pero aun así cuando lo naturalice un electrodoméstico de la casa, esa adopción no fue sin complejo. Suena, suena fuerte la casa toda tiembla y yo que estoy siempre listo para atender.

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Ya se lo llevaron a Morvan junto con Lautret y Caroline, ya se levantaron de sus sillas camino del otoño Tomatis, Pichón y Soldi, he cerrado La pesquisa, para que esa escritura luz de vela en la noche apagada, de Saer al cerrar el libro me siga como un sueño incomodo, recurrente y algo angustiante. M se llevó el libro a dejarlo en la repisa de donde lo trajo para que lo lea, de alguna manera había yo insistido al teléfono que ese libro estaba ahí cuando ella pregunto por El entenado.
No la esperaba llegar con ese libro y con un suplemento cultural donde aparecía una foto gigante y hermosa como gancho para la nota a su viuda y a él (en vida). No tuve más remedio que dejar al Boga en su bote en el medio del Tigre, esperando, que retome los causes de esos riachos infinitos y melancólicos.
No pensaba que pasaría cerca de esas aguas ya en otra lancha, con mucho calor pero alejado de Conti, del Boga, del Tigre. No esperaba encontrarme con la cercanía incomoda de mi sombra borrosa frente a la inmensidad abrumadora del paisaje. No esperaba nada y todo se arrebató, como se quiebran las hojas secas de los árboles que en otoño dejan caer sus hojas.
Voy tras sus ojos sobre lomos en la biblioteca, espero ahora que cierre un libro para pesarlo en mis manos ya ajenas a mi.

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